De aislar a Maduro a sentarse con la interina: la derecha latinoamericana cambió de libreto, según Responsible Statecraft
Un análisis de la revista del Quincy Institute sostiene que Paraguay, Chile y República Dominicana normalizaron relaciones con el interinato para alinearse con Washington, aunque en Caracas, sostiene, casi nada ha cambiado que justifique el acercamiento.
Hace un año, buena parte de América Latina denunciaba el autoritarismo de Nicolás Maduro. Hoy, varios de esos mismos gobiernos se sientan con la interina, Delcy Rodríguez. Esa es la tesis de un análisis publicado este martes por Imdat Oner en Responsible Statecraft, la revista del Quincy Institute, un centro de estudios de Washington que aboga por la moderación en política exterior.
Oner repasa el camino recorrido: la suspensión de Venezuela del Mercosur en 2017, la creación del Grupo de Lima ese mismo año, la remisión del caso venezolano a la Corte Penal Internacional en 2018 y el rechazo regional al resultado que el CNE proclamó en 2024 sin publicar actas por mesa. Según el autor, ese aislamiento ayudó a crear el contexto político de la operación estadounidense que capturó a Maduro el 3 de enero.
El giro, sostiene, llegó después, cuando Washington decidió trabajar con la interina en lugar de llevar al poder a Edmundo González y María Corina Machado. Los gobiernos de derecha que durante años le negaron legitimidad al régimen guardaron silencio y, a medida que la administración Trump estrechaba su relación con la interina, la mayoría siguió el mismo camino.
Los ejemplos están documentados. El presidente de Paraguay, Santiago Peña, con quien Caracas rompió relaciones después de que reconociera a González como presidente electo, visitó Miraflores el 19 de septiembre. El chileno José Antonio Kast, que en diciembre de 2025 pedía el fin de la dictadura, se reunió con la interina en la ONU el 23 de septiembre, y Chile ya reabrió sus consulados en Caracas y Puerto Ordaz. El dominicano Luis Abinader conversó con ella este mes en Roma sobre compras de combustible y gas.
Oner ve dos motivos. El primero es ganarse el favor de Washington: los tres países integran el Escudo de las Américas, la coalición de seguridad que Trump lanzó en marzo, y el exembajador estadounidense ante la OEA Frank Mora le dijo que acercarse a la interina es una forma proactiva de lograrlo. El segundo es práctico: deportar migrantes venezolanos exige relaciones consulares, y, según Mora, hay una «fiebre del oro» en la que esos gobiernos buscan sitio para sus inversionistas.
Oner cita además al analista venezolano Andrés Cañizález, para quien las declaraciones altisonantes, las rupturas y la presión multilateral dieron paso a un pragmatismo que prioriza los lazos bilaterales, la migración y los negocios, siempre dentro de los límites que fija Washington.
Lo que no ha cambiado, insiste Oner, es el poder en Caracas. Diosdado Cabello sigue en el Ministerio de Interior, Jorge Rodríguez preside la Asamblea Nacional y no hay un cronograma electoral. Diez meses después de la captura de Maduro, escribe, el principal obstáculo para la democratización es el sistema político e institucional que sobrevivió a su caída.
Su conclusión no pide romper con Caracas, sino usar esos nuevos lazos para exigir la liberación de los presos políticos y un calendario electoral creíble. Para Oner, la región puede recuperar voz propia sin alejarse de Washington.