Primero las instituciones, después las urnas
JJ Rendón ratifica que el plan de tres pasos de Washington «se está cumpliendo» y que forzar las elecciones dejaría al ganador sin gobernabilidad. Su advertencia apunta a la prisa de María Corina Machado; pero el reloj también corre contra la propia transición.
JJ Rendón no suele hablar por hablar. El estratega venezolano, asesor de campañas presidenciales en media América Latina y antiguo integrante del comité de estrategia del gobierno interino de Juan Guaidó, lleva ocho días de gira mediática —entrevista con Luis Olavarrieta, entrevista en El Nacional, y este lunes 19 de octubre el programa «Arrímate al Mingo»— repitiendo el mismo mensaje con la disciplina de una campaña. Y el mensaje es un reloj: «Estados Unidos entendió que los procesos que no construyen institucionalidad primero, van al fracaso. Y a partir de allí diseñó un plan de 3 pasos, esos 3 pasos se están cumpliendo».
Conviene tomarlo en serio, porque los tres pasos que describe no son una invención suya: son la hoja de ruta que Washington viene explicando desde hace semanas. Primero, modificar la composición del Tribunal Supremo de Justicia, con participación de la oposición en la designación de magistrados. Segundo, reformar el Consejo Nacional Electoral, para que ninguna elección vuelva a terminar como la del 28 de julio de 2024. Tercero, solo entonces, anunciar una fecha para votar. El propio secretario de Estado, Marco Rubio, lo ha dicho en público con otras palabras: el problema venezolano no se resuelve entregándole el poder a quienes ganaron en 2024 sin reconstruir antes unas instituciones capaces de garantizar que la próxima elección no sea otra farsa.
El argumento de fondo de Rendón es aritmético y es incómodo: «Entiendo la impaciencia, las necesidades, las carencias y la urgencia de la gente de querer que esto pase más rápido. Pero en la realidad el destrozo de 27 años no lo puedes corregir en 10 meses». Y su corolario: «Acelerar un proceso electoral, que es lo que quieren algunos, dejaría a quien quiera que sea que quede electo, sin gobernabilidad». En su propuesta, el orden de los comicios también importa: primero parlamentarias para reconstruir la representación, después gobernaciones y alcaldías para legitimar liderazgos desde la base, y las presidenciales al final, como culminación. Es, en la práctica, una invitación a Machado a pasar —en su frase de la semana— del «modo campaña» al «modo soluciones»: en la misma gira ha puesto ejemplos concretos, como derogar la Ley Contra el Odio y liberar a todos los presos políticos.
El blanco de la advertencia tiene nombre. «Con estas últimas declaraciones de María Corina, me veo obligado a ratificarlo», dijo en el programa. «Básicamente se concentra en un interés personalista de capitalizar lo que no ha podido capitalizar hasta ahora, forzando las elecciones». Es la acusación más dura que un estratega de su peso ha lanzado contra Machado en público, y hay que leerla en las dos direcciones. En una, Rendón describe un riesgo real: unas elecciones con el mismo CNE, sin el voto de los más de siete millones de venezolanos que están fuera, coronarían a un presidente débil frente a unas instituciones intactas. En la otra, su reloj coincide demasiado bien con el del interinato: cada mes de «institucionalidad primero» es un mes más de poder acumulado para «la interina», y el propio Rendón reconoce que Washington teme que un gobierno electo herede una economía devastada —con una deuda soberana que en la Casa Blanca calculan en unos 300.000 millones de dólares— y se desgaste en meses entre inflación y protestas.
Porque el otro reloj también existe, y Machado lo ha movido. Su presión devolvió las elecciones al centro de la agenda: Donald Trump se lo planteó en persona a Delcy Rodríguez en Nueva York —«al final tendrá que haber elecciones», según fuentes de la Casa Blanca— y «la interina» lo prometió después ante la Asamblea General de la ONU, eso sí, sin fecha y con los venezolanos decidiendo «el momento adecuado». Las fechas que se barajan en Washington lo dicen todo sobre la distancia entre ambos relojes: el senador Bernie Moreno ha propuesto el 24 de julio de 2027; en la propia Administración hay quienes ven más realista 2028. El Gran Acuerdo Nacional que la Plataforma Unitaria presentó el 18 de octubre ratificó el liderazgo de Machado y, a la vez, no fijó ninguna fecha: el debate que Rendón escenifica ya está dentro de la casa opositora.
¿Qué hay que vigilar? Tres cosas. Si la mesa de negociación de Caracas produce hechos en los dos primeros pasos —nombres para el TSJ y el CNE— o si el «plan de tres pasos» se convierte en una coartada para no llegar nunca al tercero. Si Washington empieza a hablar de fechas con la misma claridad con la que habla de petróleo. Y si Machado acepta el consejo que nadie le pidió y modula su campaña hacia las «soluciones», o si decide que su capital —la victoria de 2024 y el Nobel de la Paz— se devalúa con cada mes que pasa y aprieta más. Rendón tiene razón en una cosa: los procesos que no construyen institucionalidad fracasan. La pregunta que su reloj no responde es cuánto tarda una transición en pudrirse cuando la institucionalidad se construye sin prisa y sin fecha.