Política/Actualidad
Setenta años de la Revolución húngara: la revuelta que desafió a Moscú
El 23 de octubre de 1956 los estudiantes de Budapest salieron a la calle contra el régimen comunista y la tutela soviética. Doce días después, los tanques aplastaron la insurrección y 200.000 húngaros huyeron al exilio.
Hace setenta años, el 23 de octubre de 1956, Budapest amaneció como una ciudad más del bloque soviético y terminó la jornada como el escenario de la primera gran revuelta contra el comunismo impuesto por Moscú. Aquella revuelta conquistó doce días de libertad, costó miles de vidas y dejó una pregunta que todavía pesa: qué ocurre cuando un pueblo entero se levanta y el mundo mira hacia otro lado.
Un país asfixiado
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Hungría cayó bajo la ocupación del Ejército Rojo. El Partido Comunista, que había obtenido apenas el 17 % de los votos en las elecciones de 1945, se hizo con el poder mediante la llamada «táctica del salami», arrancando una concesión tras otra al gobierno electo. En 1949 se proclamó la República Popular y Mátyás Rákosi, un estalinista ortodoxo, instaló una de las dictaduras más represivas de Europa del Este: purgas de la policía política ÁVH, juicios farsa, deportaciones y un nivel de vida en caída libre.
La muerte de Stalin en 1953 y la denuncia de sus crímenes por Nikita Jruschov ante el XX Congreso del Partido Comunista soviético, en febrero de 1956, abrieron una grieta. En Hungría, estudiantes e intelectuales empezaron a exigir el fin de la policía secreta y elecciones libres. El 22 de octubre, los estudiantes de la Universidad Técnica resucitaron su consejo prohibido y convocaron una manifestación para el día siguiente.
La chispa del 23 de octubre
Miles de estudiantes se concentraron en Budapest y marcharon hacia el Parlamento con una lista de dieciséis demandas: libertad de prensa, elecciones multipartidistas y la retirada de las tropas soviéticas. Cuando una delegación intentó leerlas por la radio estatal, la ÁVH abrió fuego contra la multitud. La respuesta fue inmediata: la manifestación se convirtió en insurrección, la estatua de Stalin cayó en la Plaza de los Héroes y los trabajadores se unieron a los estudiantes con barricadas y cócteles molotov.
El jefe comunista Ernő Gerő llamó «fascistas» a los manifestantes y pidió ayuda a Moscú. En la madrugada del 24 de octubre, los primeros tanques soviéticos entraron en la capital. Pero la represión no bastó: para fines de mes, el gobierno había caído y el reformista Imre Nagy asumía el poder.
Doce días de libertad
Nagy disolvió la temida ÁVH, anunció el fin del partido único y prometió elecciones libres. El 1 de noviembre dio el paso que Moscú no podía tolerar: proclamó la salida de Hungría del Pacto de Varsovia y declaró la neutralidad del país, pidiendo a las Naciones Unidas que la reconocieran. La bandera húngara con el escudo comunista recortado se convirtió en el emblema de la rebelión.
Occidente, dividido por la crisis de Suez, condenó la situación con palabras. Nadie movió un dedo.
El aplastamiento
El 4 de noviembre, 31.550 soldados soviéticos y 1.130 tanques entraron en Hungría. La resistencia, desorganizada pero tenaz, duró hasta el 10 de noviembre. El balance fue devastador: más de 2.500 húngaros y alrededor de 700 soldados soviéticos muertos. Unos 200.000 húngaros huyeron del país, la mayoría hacia Austria, en uno de los éxodos más grandes de la Guerra Fría.
Moscú impuso un gobierno títere encabezado por János Kádár. Nagy buscó refugio en la embajada de Yugoslavia, fue detenido, sometido a un juicio secreto y fusilado en 1958 junto a sus colaboradores. Hablar de la revolución quedó prohibido durante más de treinta años.
La revancha de la memoria
El 23 de octubre de 1989, exactamente treinta y tres años después del inicio de la revuelta, Hungría proclamó su nueva república democrática. Desde entonces, el 23 de octubre es fiesta nacional en honor a los caídos de 1956.
Setenta años después, la Revolución húngara sigue siendo la advertencia más elocuente del siglo XX europeo: mostró que los regímenes impuestos desde fuera solo se sostienen por la fuerza, y que la libertad, cuando un pueblo la reclama unido, puede durar doce días o puede tardar treinta y tres años en volver, pero no se olvida.