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Venera 9: la primera fotografía tomada desde la superficie de otro planeta
El 22 de octubre de 1975, una esfera metálica de 660 kilogramos tocó el suelo de Venus y, minutos después, empezó a enviar a la Tierra algo que nadie había visto jamás: la primera fotografía tomada desde la superficie de otro planeta. La sonda era la Venera 9, de la Unión Soviética, y su imagen —un panorama en blanco y negro de rocas planas y afiladas bajo una luz parecida a la de una tarde nublada— puso fin a siglos de especulación sobre cómo se veía el mundo vecino.
El camino hasta esa imagen había sido largo y lleno de fracasos. Desde 1961, los soviéticos lanzaron una decena de sondas hacia Venus y casi todas se perdieron: algunas ni siquiera salieron de la órbita terrestre y otras fueron aplastadas por la atmósfera antes de transmitir un solo dato. La Venera 7, en 1970, logró el primer aterrizaje suave en otro planeta, pero solo alcanzó a enviar mediciones de temperatura. La Venera 8, en 1972, midió la luz en la superficie y confirmó que había claridad suficiente para fotografiar. Con esos datos, los ingenieros diseñaron una generación nueva de sondas, cinco veces más pesada, lanzada por el cohete Protón.
La Venera 9 despegó el 8 de junio de 1975. Cuatro meses después, el 20 de octubre, el módulo de descenso se separó del orbitador. El 22 de octubre, el orbitador entró en la órbita de Venus —el primer satélite artificial del planeta— y el aterrizador atravesó la atmósfera, frenó con una serie de paracaídas y se posó sobre el lado diurno a las 05:13 hora universal, en una ladera pedregosa cerca de la región Beta.
Venus es el lugar más hostil que la humanidad ha explorado: la presión en la superficie es unas 90 veces la de la Tierra, la temperatura ronda los 460 grados y las nubes son de ácido sulfúrico. El aterrizador aguantó 53 minutos. Llevaba dos cámaras panorámicas, pero la tapa de una de ellas no se desprendió y la misión devolvió un panorama de 180 grados en lugar de uno completo. Fue suficiente: la imagen mostró rocas planas de 30 a 40 centímetros, sin polvo visible en el aire y una visibilidad de alrededor de cien metros.
Los protagonistas de la hazaña fueron los ingenieros del programa Venera y, en particular, el equipo que diseñó las cámaras fototelevisivas capaces de escanear el paisaje línea por línea y transmitirlo al orbitador, que actuaba como repetidor hacia la Tierra. Detrás estaba la apuesta estratégica de la Unión Soviética: mientras Estados Unidos concentraba su programa en la Luna y luego en el transbordador espacial, Moscú convirtió a Venus en su laboratorio interplanetario.
La importancia de aquel día sigue vigente. Desde las Venera 13 y 14, en 1982 —las últimas en aterrizar—, ningún país ha vuelto a posar una nave en Venus: solo ha habido orbitadores y sobrevuelos. Las fotos de las Venera siguen siendo, junto con las de Marte, las únicas imágenes tomadas desde el suelo de otro mundo. Y el interés regresa: la NASA desarrolla las misiones DAVINCI y VERITAS, y la agencia europea ESA prepara EnVision, todas con Venus como destino. Cincuenta y un años después, la lección de la Venera 9 es doble: que lo imposible se vuelve rutina con constancia, y que el planeta más parecido a la Tierra es también el más infernal.