miércoles, 21 de octubre de 2026

Ciencia y Curiosidades · Ciencia

El corazón más grande del mundo duerme en un museo de Toronto

En 2014, nueve ballenas azules murieron atrapadas en el hielo frente a las costas de Canadá. De una de ellas, los científicos rescataron el corazón —cerca de 200 kilos de músculo— y lo convirtieron, tras una odisea que pasó por un congelador industrial y un laboratorio alemán, en el primer corazón de ballena azul conservado de la historia.

JER · lunes, 19 de octubre de 2026 · Una historia para descubrir

Ballena azul emergiendo a la superficie del mar
Una ballena azul (Balaenoptera musculus) en la superficie del océano. Es el animal más grande que ha existido: su corazón puede rondar los 200 kilos. · Foto: NOAA Photo Library / dominio público · Licencia
Esqueleto completo de una ballena azul colgando del techo de un museo
El esqueleto de una ballena azul suspendido en el Museo Beaty de Biodiversidad de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver (Canadá). El esqueleto de la exposición de Toronto —el de la ballena apodada Blue, de 23,7 metros— no cuenta con fotografías de licencia libre. · Foto: Xicotencatl / CC BY-SA 3.0 · Licencia

La ballena azul es el animal más grande que ha existido jamás en la Tierra: más que cualquier dinosaurio. Y, sin embargo, casi nunca podemos verla por dentro. Cuando una muere, su cuerpo suele hundirse en las profundidades y desaparecer para siempre. Por eso, lo que ocurrió en febrero de 2014 en el golfo de San Lorenzo fue, a la vez, una tragedia y una oportunidad única: nueve ballenas azules quedaron atrapadas en el hielo y murieron. La población del Atlántico noroccidental suma apenas unos pocos cientos de ejemplares, así que perder nueve de golpe supuso un mazazo para la especie.

Dos de los cadáveres llegaron semanas después a la costa oeste de la isla de Terranova, en Canadá: uno a la playa de Trout River y otro a la de Rocky Harbour. Hasta allí viajó un equipo del Museo Real de Ontario (ROM, por sus siglas en inglés), el gran museo de historia natural de Toronto. Su plan era doble: recuperar el esqueleto completo de la ballena de Trout River —una hembra de 23,7 metros, a la que llamaron Blue— y rescatar el corazón de la de Rocky Harbour.

Trabajar dentro de una ballena muerta de casi cien toneladas no se parece a ningún laboratorio. El equipo tuvo que abrirse paso entre la grasa y la carne en descomposición, soportando un olor que los propios técnicos describieron como inolvidable, y abrir una especie de ventana entre las costillas. Para sacar el corazón hicieron falta cinco personas empujando a la vez, contó después Jacqueline Miller, la técnica en mamíferos del ROM que dirigió la operación. El órgano cayó sobre una enorme bolsa industrial. Medía alrededor de 1,8 metros de altura contando los grandes vasos sanguíneos y pesaba cerca de 200 kilos: el corazón más grande del reino animal.

Vista aérea de dos ballenas azules nadando juntas bajo la superficie del mar
Dos ballenas azules nadan lado a lado en el Santuario Marino Nacional de las Islas del Canal, en California. La población del Atlántico noroccidental, a la que pertenecían las nueve ballenas muertas en 2014, suma solo unos pocos cientos de ejemplares. · Foto: NOAA / National Marine Sanctuaries / dominio público · Licencia

Para conservarlo durante generaciones, el ROM eligió la plastinación, la técnica inventada por el anatomista alemán Gunther von Hagens —el creador de las famosas exposiciones Body Worlds— y envió el corazón a Guben, en Alemania, a la empresa Gubener Plastinate. La plastinación suena a magia, pero es química paciente: primero, un baño de acetona extrae toda el agua de los tejidos; después, el órgano se sumerge en un polímero líquido y se somete al vacío, de modo que la acetona hierve y abandona las células mientras el plástico ocupa su lugar. Al final se obtiene el órgano real, seco, sin olor y con su forma intacta, convertido en una pieza que puede exhibirse durante décadas.

El 16 de mayo de 2017, el corazón plastinado aterrizó en el aeropuerto Pearson de Toronto dentro de una caja de madera, y dos días después entró en el museo. La exposición Out of the Depths: The Blue Whale Story —«Desde las profundidades: la historia de la ballena azul»— había abierto sus puertas el 11 de marzo con el esqueleto articulado de Blue como pieza central: unos 350 huesos que antes pasaron un año enterrados en estiércol de vaca, cuyas bacterias terminaron de limpiarlos. El corazón se sumó en mayo y convirtió la muestra en algo único: según el museo, era la primera vez que se preservaba anatómicamente un corazón completo de ballena azul.

El órgano también sirvió para derribar mitos. Durante años se repitió que el corazón de una ballena azul es «como un Volkswagen» y que por su aorta —la arteria principal— podría deslizarse un niño. La realidad medida en Toronto es un poco menos exagerada, pero no menos asombrosa: dilatado, el corazón tiene el tamaño aproximado de un coche pequeño, tipo Smart, y su aorta mide unos 23 centímetros de diámetro: cabe la cabeza de una persona, no una persona entera. Sigue siendo, con diferencia, el corazón más grande de cualquier animal conocido. Los científicos aprovecharon además los tejidos de las ballenas para estudiar su alimentación, los contaminantes acumulados en su cuerpo y el ADN de la población del Atlántico.

La historia tuvo un epílogo científico años después. En 2019, un equipo de la Universidad de Stanford logró por primera vez registrar el latido de una ballena azul viva, con un electrocardiograma pegado con ventosas a su lomo: el corazón bajó a apenas dos latidos por minuto durante las inmersiones profundas y subió a 37 al salir a respirar. Es el ritmo de una máquina que trabaja al límite de lo físicamente posible. El corazón de Toronto, en cambio, ya no late: permanece quieto y dilatado para siempre, dejando que cualquiera pueda pararse frente al motor del animal más grande que ha existido.

Fuentes y lecturas para explorar