lunes, 26 de octubre de 2026

Editorial

La calle habló antes que la mesa

El pueblo desbordó Caracas y toda la ruta de regreso para recibir a María Corina Machado, y con eso le puso una condición al interinato y a Washington: la transición ya no puede hacerse sin ella.

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Acentario · Equipo de diseño y fotografía

El regreso empezó en una iglesia de Santa Rosa, en Lara, y terminó desbordando Caracas. Entre un punto y otro pasaron Chivacoa, Morón, Guacara, Altamira y Valle-Coche. No fue una caravana ordenada ni un acto de partido: fue un río de gente que salió a la autopista, a los peajes, a los puentes y a las calles porque sabía que algo histórico estaba pasando y no quiso verlo por televisión.

Ese es el hecho político central, más allá de cualquier comunicado. María Corina Machado no regresó a esconderse ni a pedir permiso. Regresó, caminó entre su gente y llegó a Caracas rodeada por venezolanos que la esperaban. La imagen que queda no es la de una líder en el exilio hablando por videollamada: es la de un pueblo que, después de años de miedo, de exilio y de silencio, volvió a ocupar la calle para recibir a quien considera su voz.

Y eso cambia la ecuación para todos.

Para el interinato de Delcy Rodríguez, el silencio ya no es una opción cómoda. La ausencia de una reacción directa oficial al regreso le plantea una disyuntiva que no puede esquivar con un comunicado: o reconoce que la transición no puede hacerse de espaldas a la lideresa que el pueblo salió a recibir, o intenta ignorarla y queda retratado como un gobierno que le teme a su propio pueblo en libertad. Reprimir sería un error político enorme; ignorar, una confesión de debilidad; negociar de verdad, la única salida que le deja algo de futuro.

Para Estados Unidos, el mensaje es igual de incómodo. Washington impulsó una transición que hasta ahora dejó fuera a Machado y a Edmundo González Urrutia, con el argumento de la estabilización primero. Trump dijo que no sabía del regreso, que espera que esté a salvo y que es “una mujer muy agradable”. Esa ambigüedad ya no alcanza. Estados Unidos no puede seguir hablando de democracia en Venezuela mientras margina a la dirigente que acaba de demostrar, en la calle, que tiene la legitimidad que ningún acuerdo de mesa puede fabricar.

No se trata de pedirle a Washington que imponga un resultado, sino de exigirle coherencia: si la transición es hacia la democracia, tiene que incluir a quienes ganaron la confianza del pueblo, tiene que poner fecha a elecciones libres y verificables, y tiene que poner sobre la mesa la libertad de los presos políticos. Todo lo demás es administración del interinato, no transición.

Machado también tiene ahora una responsabilidad mayor. Ese recibimiento no fue un cheque en blanco: fue un mandato. El pueblo no salió solo a celebrar un regreso, salió a decir que quiere que ese regreso sirva para algo concreto. Eso significa convertir la emoción de la calle en organización, en presión pacífica y constante, en una agenda clara que no se diluya en reuniones sin fecha ni en promesas sin calendario. Y significa, también, cuidar esa calle: que siga siendo pacífica, masiva y espontánea, porque ahí está su fuerza.

Lo que está en juego a partir de aquí se juega en tres escenarios. El primero, el mejor para Venezuela, es que el interinato entienda el mensaje y se abra a una negociación real con Machado y González, con Estados Unidos como garante y no como tutor. El segundo, el más peligroso, es que el poder intente contenerla con amenazas, restricciones o detenciones, y descubra que cada intento de frenarla multiplica la calle. El tercero, el más triste, es que Washington y el interinato sigan administrando el tiempo mientras el pueblo se cansa. Después de lo visto en Caracas y en toda la ruta, ese tercer escenario parece el menos sostenible.

Venezuela no necesita que le expliquen qué pasó. Lo vivió. Un pueblo que desborda las calles para recibir a su líder no está pidiendo permiso para ser libre: está anunciando que ya empezó a serlo.

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