Política/Actualidad
El 26 de octubre de 1994: la paz fría que cerró 46 años de guerra entre Israel y Jordania
En el desierto del Arava, Rabin y Al-Majali firmaron el Tratado de Wadi Araba ante el rey Husein y Bill Clinton. Fijó la frontera, abrió pasos fronterizos y repartió el agua, pero nunca se convirtió en una paz cálida entre las sociedades.
El 26 de octubre de 1994, en el desierto del Arava, Israel y Jordania firmaron la paz después de 46 años en estado de guerra. Firmaron el primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, y el primer ministro jordano, Abdelsalam al-Majali, ante el rey Husein de Jordania y el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.
El Tratado de Wadi Araba convirtió a Jordania en el segundo país árabe en firmar la paz con Israel, después de Egipto en 1979. No resolvió el conflicto de Oriente Medio. Pero cerró una guerra entre dos Estados, fijó una frontera y creó reglas para compartir el agua.
Una guerra que venía de 1948
El estado de guerra se remontaba a la guerra árabe-israelí de 1948, que siguió a la creación del Estado de Israel. Jordania quedó entonces con Cisjordania y la parte oriental de Jerusalén, territorios que perdió en la guerra de 1967. Durante décadas, los contactos entre Amán y Jerusalén fueron discretos.
El escenario cambió en los años noventa. En 1988, Husein renunció a la reivindicación jordana sobre Cisjordania. En septiembre de 1993, Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) firmaron la Declaración de Principios de Oslo. Y el 25 de julio de 1994, Husein y Rabin firmaron en Washington, junto a Clinton, una declaración que puso fin formalmente al estado de beligerancia y abrió la negociación del tratado, sellado el 26 de octubre ante más de 4.500 invitados. La paz, sin embargo, nació bajo tensión: veinte minutos antes del acto, según las crónicas, cayeron morteros y cohetes sobre localidades del norte de Israel.
Lo que decía el tratado
El texto, de 30 artículos y cinco anexos, establecía la paz y el reconocimiento mutuo de la soberanía y la independencia política de cada parte. Fijaba la frontera siguiendo, en lo esencial, la línea del Mandato británico, con el río Jordán, el río Yarmuk, el mar Muerto, el valle del Arava y el golfo de Áqaba como referencias.
El tratado reconocía las asignaciones de agua de ambos países en los ríos Jordán y Yarmuk y en las aguas subterráneas del Arava. Establecía relaciones diplomáticas plenas, con intercambio de embajadores, y abría la puerta al comercio, al turismo y a los pasos fronterizos. Y reconocía el papel especial de Jordania en los lugares santos musulmanes de Jerusalén. Dos enclaves, Baqura y Al-Ghamr, quedaron bajo soberanía jordana por 25 años; en noviembre de 2019 Jordania recuperó su control pleno.
Una paz fría, pero una paz
Esa es la paradoja del tratado: la paz entre los Estados resistió, pero nunca se convirtió en una paz cálida entre las sociedades. La OLP y otros actores palestinos lo criticaron porque se firmó sin ellos y sin resolver la cuestión palestina. En Jordania, numerosos partidos e instituciones se opusieron a la normalización. En Israel, el Parlamento lo aprobó por 92 votos contra 3.
Un año después, el 4 de noviembre de 1995, Rabin fue asesinado por un extremista judío que se oponía a sus esfuerzos de paz. Husein viajó a Jerusalén para hablar en su funeral, la primera vez que pisaba la ciudad desde la guerra de 1967. La muerte de Rabin no rompió el tratado, pero le quitó a la paz a uno de sus dos arquitectos.
Por qué importa hoy
Treinta y dos años después, el tratado sigue vigente, y esa vigencia es su lección principal. Las fronteras que fijó no se han movido por la guerra. Los pasos fronterizos, el intercambio de embajadores y los mecanismos de consulta en seguridad y agua siguen existiendo, aunque las relaciones hayan pasado por crisis graves.
El tratado muestra también los límites de una paz entre gobiernos. Firmar un documento puede terminar una guerra, fijar una frontera y repartir el agua de un río. No basta, por sí solo, para reconciliar a dos pueblos ni para resolver los conflictos que quedaron fuera de la mesa, como el palestino. Rabin lo expresó aquel día así: había llegado el momento, dijo, «no solo de soñar con un futuro mejor, sino de hacerlo realidad». La historia de Wadi Araba no es la de una paz perfecta. Es la de una paz posible: imperfecta, fría, discutida y, sin embargo, duradera.