Ciencia y Curiosidades · Historia
Antes de la calabaza, el farol era un nabo: la historia real del jack-o'-lantern
Esta noche, millones de calabazas talladas iluminarán las puertas de Estados Unidos. Pero el primer farol de Halloween no era naranja ni dulce: era un nabo irlandés tallado para ahuyentar espíritus.


Esta noche, en millones de casas de Estados Unidos, una calabaza con ojos triangulares y sonrisa torcida brillará desde la ventana o el porche. Es la imagen más reconocible de Halloween, tan familiar que parece eterna. No lo es. La calabaza llegó tarde a esta historia: durante siglos, el farol de la noche del 31 de octubre se tallaba en un nabo.
Todo empieza con Samhain, el festival celta que marcaba el fin de la cosecha y el inicio del invierno. Se celebraba entre el atardecer del 31 de octubre y el 1 de noviembre, y según la creencia de la época, en esa noche el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía más delgado. Los espíritus, se decía, podían cruzar. Y no todos venían en son de paz.
Para protegerse, la gente de Irlanda y Escocia ahuecaba nabos, papas, remolachas y rábanos, les tallaba caras grotescas y les metía dentro una brasa o una vela. La lógica era doble y muy práctica. Por un lado, el rostro feo debía asustar a los espíritus que rondaran la casa. Por otro, como explicó a la prensa el curador Nathan Mannion, del museo EPIC de Dublín, las linternas de metal eran caras, así que ahuecar una raíz era la forma barata de tener luz en una noche oscura. Con el tiempo, las caras talladas sirvieron también para que la llama respirara sin apagarse.
El nombre del farol viene de una leyenda irlandesa, la de Stingy Jack, un hombre avaro y bebedor que, según el cuento, engañó al diablo no una sino dos veces. En la versión que recoge la Encyclopaedia Britannica, Jack convenció al diablo de convertirse en moneda para pagar una bebida y luego lo atrapó junto a una cruz de plata; en otro episodio lo hizo subir a un árbol y grabó una cruz en el tronco para que no pudiera bajar. Cada vez lo liberó a cambio de una promesa: que no reclamaría su alma.
Cuando Jack murió, la trampa se cerró sobre él. Por su vida de engaños no lo aceptaron en el cielo, y el diablo, atado a su promesa, tampoco lo recibió en el infierno. Condenado a vagar para siempre en la oscuridad, recibió una brasa encendida para alumbrar su camino. Jack la metió dentro de un nabo ahuecado. Desde entonces, su espíritu errante se conoció como «Jack of the Lantern», Jack el del farol, o jack-o'-lantern.
Conviene separar aquí el cuento de la historia. La leyenda es eso, una leyenda, y los historiadores señalan que la costumbre de tallar raíces probablemente existía antes de que el relato le pusiera nombre. Lo que sí está documentado es el objeto: el Museo Nacional de Irlanda conserva el molde en yeso de un «nabo fantasma» de Donegal, de principios del siglo XX, donado en 1943 por una maestra de escuela que quiso preservar una tradición que ya casi nadie practicaba. El nabo original se estaba deshaciendo; el museo hizo un vaciado para que no se perdiera.
El salto del nabo a la calabaza ocurrió al otro lado del Atlántico. En el siglo XIX, oleadas de inmigrantes irlandeses llevaron la costumbre a Estados Unidos y allí encontraron una hortaliza mejor: la calabaza, nativa de América, más grande, de pulpa más blanda y mucho más fácil de tallar que un nabo duro y pequeño. Además, madura justo en octubre, en plena temporada de cosecha. El cambio fue tan completo que hoy cuesta imaginar el farol con otra forma.
La calabaza también tenía pedigrí literario en su nuevo hogar. Washington Irving publicó en 1820 «La leyenda de Sleepy Hollow», donde el Jinete sin Cabeza arroja una calabaza a Ichabod Crane, y en 1867 la revista Harper's Weekly publicó una de las primeras imágenes de una calabaza tallada en una publicación importante de Estados Unidos.
Y sin embargo, el nabo no se rindió del todo. En la Isla de Man, cada 31 de octubre muchos celebran Hop-tu-Naa, una fiesta parecida a Halloween en la que todavía se tallan nabos y se llevan de casa en casa. Es el recordatorio vivo de que el símbolo más famoso de Halloween nació como una raíz fea, tallada a mano, para pasar una noche oscura sin miedo.
Así que esta noche, cuando se encienda la calabaza del porche, vale la pena recordar el trueque que la hizo posible: un inmigrante irlandés cambió un nabo por una calabaza y, sin proponérselo, inventó el emblema de Halloween.