viernes, 30 de octubre de 2026

Ciencia y Curiosidades · Ciencia

Por qué se arrugan los dedos en el agua (y no es porque absorban agua como esponjas)

Después de un baño largo, las yemas se arrugan como pasas. No es la piel hinchándose: es el sistema nervioso ordenando a los vasos sanguíneos que se estrechen, y esas arrugas podrían ayudar a agarrar mejor bajo el agua.

JER · viernes, 30 de octubre de 2026 · Una historia para descubrir

Dedos con la piel arrugada tras pasar tiempo en el agua
Dedos arrugados por la humedad: el efecto aparece sobre todo en las yemas y desaparece al secar las manos · Foto: Sebastian Wallroth / CC BY 3.0 · Licencia
Planta del pie con la piel arrugada por inmersión en agua
La planta del pie también se arruga en el agua: el mismo mecanismo actúa en las zonas de piel sin pelo · Foto: Lincanary / Dominio público · Licencia

Hay un momento familiar en la ducha, en la piscina o fregando los platos: al mirar las manos, las yemas de los dedos están arrugadas como pasas. Lo curioso es que el resto de la piel no cambia. Solo se arrugan las palmas, las plantas de los pies y, sobre todo, las yemas de los dedos. Si fuera simplemente que la piel absorbe agua, todo el cuerpo se arrugaría por igual. No ocurre así, y esa diferencia fue la primera pista de que había algo más.

Durante mucho tiempo se enseñó la explicación de la esponja: la capa externa de la piel absorbe agua, se hincha y, como el interior del dedo no crece, la superficie sobrante se pliega. Suena lógica, pero tiene un problema: para producir esas arrugas, los dedos tendrían que aumentar mucho más de tamaño de lo que realmente aumentan. La pista decisiva llegó en 1936, cuando los médicos George White Pickering y Thomas Lewis describieron pacientes con daño en los nervios por polio cuyos dedos, por más tiempo que pasaran en el agua, salían lisos. La piel era la misma y el agua era la misma; lo que faltaba era la conexión nerviosa.

Hoy se sabe que arrugarse es una respuesta activa del cuerpo, no un accidente pasivo. Cuando la mano pasa varios minutos sumergida, el agua entra por los conductos del sudor de las palmas y cambia la concentración de sal en la piel. Esa señal viaja por los nervios hasta el sistema nervioso simpático, el mismo que acelera el corazón cuando nos asustamos. La orden que regresa es estrechar los vasos sanguíneos de las yemas, un proceso llamado vasoconstricción. Al bajar el flujo de sangre, el tejido de la yema pierde un poco de volumen y la piel, que no encoge, se pliega hacia adentro siguiendo un patrón. Por eso solo se arrugan las zonas de piel sin pelo, gruesa y llena de sensores, como las palmas y las plantas: ahí es donde ese mecanismo puede actuar. Al secar las manos, la orden se apaga, la sangre vuelve y las arrugas desaparecen.

Queda la segunda pregunta: ¿para qué sirve? Aquí hay que separar lo comprobado de lo que todavía es hipótesis. Lo comprobado es el mecanismo: sin nervios que funcionen, no hay arrugas. Que las arrugas sean una ventaja heredada de nuestros antepasados es, en cambio, una hipótesis con apoyo parcial. En 2011, el investigador Mark Changizi y sus colegas propusieron que los surcos funcionan como los dibujos de un neumático: canales que dejan escapar el agua para que la piel toque mejor la superficie. En 2013, un equipo de la Universidad de Newcastle, en Reino Unido, puso la idea a prueba con 20 voluntarios: tras 30 minutos con las manos en agua tibia, movieron canicas de vidrio y pesos de pesca bajo el agua un 12 por ciento más rápido con los dedos arrugados que con los dedos lisos. Con objetos secos, en cambio, no hubo ventaja.

El debate no está cerrado. Un estudio de 2014, del Centro Max Delbrück de Berlín, no encontró que las arrugas mejoraran el tacto ni la destreza con objetos mojados. Y un experimento de 2021, con visitantes del Museo de Ciencias de Londres, halló que los dedos arrugados necesitaban menos fuerza para sostener objetos mojados, pero eso tampoco demuestra por sí solo que la evolución nos haya diseñado así. Es posible que el agarre mejorado sea un efecto útil de un mecanismo que existe por otras razones, y los científicos siguen discutiéndolo.

Hay un detalle más que encaja con el mecanismo nervioso: cada persona repite su propio patrón de arrugas cada vez que se moja. Investigadores de la Universidad de Binghamton fotografiaron los dedos de voluntarios tras 30 minutos en agua y repitieron la prueba al día siguiente: los surcos aparecían casi en el mismo lugar. Si las arrugas fueran solo piel hinchada al azar, no se repetirían con esa precisión; si dependen de la posición de los vasos sanguíneos, que apenas se mueven, la repetición tiene sentido.

La próxima vez que salgas de la ducha con los dedos arrugados, míralos con otros ojos: no son la prueba de que tu piel se empapó, sino de que tu sistema nervioso sigue trabajando incluso en el baño. Una orden silenciosa, un estrechamiento de vasos diminutos y unas arrugas que, quizá, ayudaron a nuestros antepasados a agarrar comida resbaladiza en ríos y a no resbalar al cruzarlos descalzos.

Fuentes y lecturas para explorar