lunes, 26 de octubre de 2026

Ciencia y Curiosidades · Tecnología

Las bardanas del perro que inventaron el velcro

En 1941 un ingeniero suizo volvió de cazar con los pantalones y su perro cubiertos de bardanas. En vez de quitarlas con fastidio, las puso bajo el microscopio y vio miles de ganchitos: de esa molestia cotidiana salió el cierre que hoy ajusta zapatos, mochilas, pulseras y hasta partes de naves espaciales.

JER · domingo, 25 de octubre de 2026 · Una historia para descubrir

Primer plano de un fruto verde con muchos ganchos curvados de color rojizo sobre fondo negro
Un fruto con ganchos: la naturaleza ya había inventado el cierre de gancho y bucle mucho antes que nosotros · Foto: Zephyris, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons · Licencia
Planta de bardana menor con hojas verdes grandes y cabezuelas moradas erizadas
La bardana menor: sus frutos erizados se enganchan a la ropa y al pelo, y así sus semillas viajan lejos · Foto: Robert Flogaus-Faust, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons · Licencia

Todos lo hemos hecho alguna vez: tirar del cierre de una zapatilla, escuchar ese rasguido tan característico y seguir caminando. Ese sonido, tan común que ya ni nos llama la atención, nació de una caminata por el campo y de un perro lleno de semillas pegadas al pelo.

El protagonista se llamaba George de Mestral. Había nacido en Suiza en 1907 y desde niño tenía la manía de inventar: con solo 12 años ya había patentado un avión de juguete. Después se graduó de ingeniero eléctrico en Lausana. Pero su invento más famoso no empezó en un laboratorio, sino en un paseo.

Corría 1941 cuando de Mestral salió de cacería por las montañas del Jura, en Suiza, con su perro, un pointer irlandés. Al volver a casa, los dos venían cubiertos de bardanas: esas bolitas erizadas de la planta de la bardana que se enganchan a la ropa y al pelo de los animales. La mayoría las habría arrancado y olvidado el asunto. De Mestral, no: se preguntó por qué se agarraban con tanta fuerza.

La respuesta estaba bajo el microscopio. Al examinar una bardana descubrió que no se pegaba con pegamento ni con savia, sino con estructura: estaba cubierta de cientos de ganchitos diminutos que se trababan en los bucles de la tela de sus pantalones y en los pelos del perro. La planta había resuelto así un problema de ingeniería: sus semillas viajan gratis pegadas a quien pasa por ahí. Eso se llama biomímesis: copiar una solución que la naturaleza ya probó durante millones de años.

La idea era sencilla de enunciar y dificilísima de fabricar: un cierre de dos caras, una con miles de ganchitos rígidos y otra con miles de bucles suaves. Al presionarlas, los ganchos se enganchan en los bucles y sujetan; al tirar de una esquina, se sueltan uno a uno, sin romperse, y se pueden volver a cerrar una y otra vez. Ni botones, ni cremallera, ni costura: un cierre que se abre y se cierra a mano.

Convertir esa idea en un producto llevó unos diez años de tropiezos. En Lyon, entonces un centro textil de Francia, muchos fabricantes se rieron de él, hasta que un tejedor aceptó ayudarlo. Las primeras pruebas, en algodón, se deshilachaban demasiado rápido. La solución llegó con el nailon, un material sintético que mantenía su forma con el calor: tejido en bucles y cortado en el punto exacto, cada bucle se convertía en un ganchito firme pero flexible.

El nombre también salió de mezclar dos palabras francesas: «velours», terciopelo, y «crochet», gancho. De Mestral solicitó la patente en Suiza en 1951 —se concedió en 1954— y al año siguiente la obtuvo en Estados Unidos. Para seguir adelante pidió un préstamo de 150.000 dólares de la época y fundó su propia empresa. No fue un golpe de suerte de una tarde: fue una década de ensayo y error, porque los telares de la época no sabían tejer ganchos diminutos.

Y aun así, al llegar al mercado a principios de los años sesenta, casi nadie lo quería. A los fabricantes de ropa les parecía feo, como hecho con restos de tela barata, y dudaban de para qué servía un cierre tan raro si ya existían botones y cremalleras.

Entonces llegó la NASA, y aquí conviene aclarar un mito: la NASA no inventó el velcro, solo lo hizo famoso. En las misiones Apolo, con todo flotando en gravedad cero, los astronautas necesitaban que los objetos se quedaran quietos, y el cierre de gancho y bucle era perfecto para sujetar herramientas y equipos a las paredes de la nave. Con la moda siguiéndole los pasos —el diseñador Pierre Cardin lo incorporó a sus colecciones a mediados de los sesenta—, el cierre despegó por fin.

Hoy «velcro» es una marca registrada, y el término genérico es «cierre de gancho y bucle». Lo encontramos en las zapatillas de los niños que aún no saben atarse los cordones, en mochilas, muñequeras de tensión, correas de relojes, equipamiento médico y deportivo y ropa adaptada para quienes tienen dificultad con botones o cremalleras. Al caducar la patente original, en 1978, entraron infinidad de imitaciones.

George de Mestral murió en 1990 en Commugny, el pueblo suizo donde había dado con la solución para fabricar sus ganchos. No se hizo famoso por un gran plan, sino por mirar de cerca una molestia. La próxima vez que una semilla se le pegue al pantalón, piénselo dos veces: a veces, lo que se pega es una idea.

Fuentes y lecturas para explorar