lunes, 2 de noviembre de 2026

Ciencia y Curiosidades · Tecnología

Una barra de chocolate derretida inventó el horno microondas

Un ingeniero de radar notó que el dulce de su bolsillo se había derretido junto a un magnetrón. En vez de lamentar la merienda, preguntó por qué. La respuesta terminó en todas las cocinas del mundo.

JER · lunes, 2 de noviembre de 2026 · Una historia para descubrir

Un horno microondas de sobremesa Amana Radarange, con la puerta cerrada y el panel de control a la derecha.
El Radarange de sobremesa de Amana (1967) llevó el microondas a las cocinas domésticas. · Foto: 📷 TaurusEmerald / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0) · Licencia
Un Radarange original, alto como un refrigerador, instalado en la cocina del buque NS Savannah.
Uno de los primeros Radarange comerciales, instalado hacia 1961 en la cocina del NS Savannah. · Foto: 📷 Acroterion / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0) · Licencia

En 1945, Percy Spencer trabajaba en Raytheon, en Estados Unidos, en plena producción de equipos de radar para la Segunda Guerra Mundial. Spencer era un ingeniero autodidacta, sin estudios formales más allá de la escuela básica, que había aprendido radio y electricidad por su cuenta y se había convertido en una pieza clave para fabricar en serie el magnetrón de cavidad, el tubo de vacío que generaba las microondas del radar aliado.

Un día, de pie junto a un magnetrón activo, notó algo raro: la barra de chocolate que llevaba en el bolsillo se había derretido. Cualquier otro habría lamentado la merienda perdida. Spencer, en cambio, vio una pregunta: si esas ondas podían derretir chocolate a distancia, ¿podrían también cocinar alimentos?

Para comprobarlo, hizo la prueba más sencilla que tenía a mano: puso granos de maíz junto al magnetrón y los vio convertirse en palomitas. Después probó con un huevo, que estalló. El mensaje era claro: la energía de microondas calentaba la comida con rapidez, sin fuego ni resistencia eléctrica.

Spencer no tardó en encerrar el fenómeno en una caja metálica, de modo que las microondas no pudieran escapar y se concentraran sobre el alimento. El 8 de octubre de 1945, Raytheon presentó la solicitud de patente de su proceso de cocción por microondas, concedida en enero de 1950 con el número 2.495.429. En octubre de 1946, la empresa presentó dos unidades Radarange a la prensa en el hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, y a finales de ese año la Comisión Federal de Comunicaciones aprobó la frecuencia de 2.450 megahercios para el nuevo aparato.

El primer horno comercial, el Radarange de 1947, no se parecía en nada al de hoy: medía casi 1,80 metros, pesaba unos 340 kilos, necesitaba refrigeración por agua, consumía 3 kilovatios y costaba alrededor de 5.000 dólares de la época. Las primeras unidades ni siquiera se vendían: se alquilaban a hoteles y restaurantes por unos 5 dólares al día. Uno de los primeros Radarange terminó instalado en la cocina del NS Savannah, un buque mercante de propulsión nuclear, donde permaneció durante años.

El camino hasta la cocina doméstica fue largo. En 1955, la empresa Tappan, con licencia de Raytheon, exhibió un primer modelo de pared para el hogar que costaba 1.295 dólares y se vendió mal: era grande, caro y exigente de mantener. Entre 1964 y 1966, la japonesa Sharp introdujo el plato giratorio, que repartía mejor el calor. El salto definitivo llegó en 1967, cuando Amana, entonces filial de Raytheon, lanzó el Radarange de sobremesa por 495 dólares: compacto, enchufable a la red doméstica y pensado para una cocina normal. A finales de los años setenta, con precios ya por debajo de los 200 dólares, el microondas se volvió un electrodoméstico masivo.

¿Cómo calienta, en realidad? El horno genera microondas, una forma de radiación electromagnética no ionizante, que hacen rotar a las moléculas polares de la comida, sobre todo el agua, y ese movimiento produce calor: es el llamado calentamiento dieléctrico. Conviene corregir una idea popular: el microondas no calienta «desde dentro». Las ondas penetran solo los primeros 25 a 38 milímetros de un alimento homogéneo y rico en agua; el resto se calienta por conducción, como en cualquier cocina. Por eso tampoco dora ni tuesta como un horno convencional: rara vez alcanza la temperatura necesaria para las reacciones que dan color y sabor tostado, salvo en alimentos muy grasos, como el tocino.

Hay que separar lo documentado de lo que varía según el relato. La patente, las pruebas con palomitas y huevo, la presentación de 1946 y el lanzamiento del Radarange están documentados. En cambio, los detalles de la anécdota cambian según quién la cuenta: qué dulce llevaba Spencer exactamente en el bolsillo, o si el huevo estalló en la cara de un colega. La historia central, sin embargo, no cambia: un accidente de laboratorio, observado con curiosidad, se convirtió en un invento.

Spencer murió en 1970, justo cuando el microondas empezaba a conquistar las cocinas, y según los relatos de la época recibió de Raytheon una gratificación de 2 dólares por la patente, sin regalías. El aparato que hoy calienta el café de la mañana nació, literalmente, de la tecnología para detectar aviones enemigos. Un dulce derretido, un puñado de palomitas y una pregunta bien hecha bastaron para cambiar la forma de cocinar.

Fuentes y lecturas para explorar