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Hace 140 años, la Estatua de la Libertad se alzó en Nueva York como regalo de Francia y faro para los inmigrantes
El 28 de octubre de 1886, el presidente Grover Cleveland aceptó el monumento en nombre de Estados Unidos. Lo que nació como un gesto diplomático entre dos repúblicas se convirtió, con el tiempo, en la primera imagen de América para millones de inmigrantes.
El 28 de octubre de 1886, entre niebla y lluvia, Nueva York celebró la inauguración de un regalo largamente esperado. Aquel día, el presidente Grover Cleveland aceptó en nombre de Estados Unidos la Estatua de la Libertad, una figura de cobre de 46 metros enviada por Francia como símbolo de amistad entre dos repúblicas. Una flotilla de casi 300 embarcaciones acompañó a las autoridades hasta la isla del monumento. El escultor Frédéric Auguste Bartholdi, desde la antorcha, retiró la bandera que cubría el rostro de la estatua y dejó ver su silueta completa sobre el puerto.
Un regalo nacido de una idea
La idea surgió en Francia en 1865, de la mano del jurista y político Édouard de Laboulaye. Quería celebrar la alianza franco-estadounidense durante la guerra de independencia de Estados Unidos y, al mismo tiempo, el fin de la guerra civil y de la esclavitud en ese país. El proyecto se pensó también como homenaje al centenario de la independencia estadounidense, que se cumpliría en 1876. Bartholdi recibió el encargo de diseñar la figura: una mujer con túnica, símbolo de la libertad, con una antorcha en alto en la mano derecha y una tablilla en la izquierda con la fecha del 4 de julio de 1776, día de la Declaración de Independencia. A sus pies, unas cadenas rotas recuerdan la abolición de la esclavitud.
Una obra armada entre dos países
El reparto de tareas fue claro: Francia pagaría y construiría la estatua, y Estados Unidos pondría el terreno y levantaría el pedestal. La estructura interna, una armazón de hierro que permite que la piel de cobre se mueva sin romperse, contó con el trabajo de la empresa de Gustave Eiffel. La estatua se terminó en Francia en 1884, se desarmó en 350 piezas y se embaló en 214 cajas. En junio de 1885 cruzó el Atlántico a bordo de la fragata francesa Isère y llegó al puerto de Nueva York, donde fue rearmada sobre su pedestal.
El pedestal, diseñado por el arquitecto estadounidense Richard Morris Hunt, casi no se termina a tiempo. El dinero público no alcanzaba, hasta que el editor Joseph Pulitzer lanzó una campaña en su periódico que reunió a más de 100.000 donantes, en su mayoría con aportes pequeños, lo que permitió completar la base. Con el pedestal, el conjunto alcanza 93 metros de altura.
El día de la inauguración
Cleveland encabezó el desfile por las calles de Nueva York, en lo que se recuerda como el primer desfile de cintas de la ciudad. Después, el presidente y los invitados viajaron en barco hasta la isla de Bedloe, hoy isla de la Libertad. Allí, Cleveland aceptó el monumento y pronunció una frase que quedó para la historia: «No olvidaremos que la Libertad ha hecho aquí su hogar, ni que su altar elegido no será descuidado».
De monumento diplomático a puerta de los inmigrantes
Lo que nació como un gesto diplomático cambió de significado con el tiempo. En 1892 abrió, junto a la estatua, la estación de Ellis Island, por donde pasaron más de 12 millones de inmigrantes durante las tres décadas siguientes. Para quienes llegaban por mar, la figura de cobre era la primera imagen de Estados Unidos y una promesa de una vida distinta. A ese nuevo sentido contribuyó el soneto «The New Colossus», que la poeta Emma Lazarus escribió en 1883 para ayudar a recaudar fondos para el pedestal. Sus versos, que invitan a acoger a los cansados, los pobres y los desamparados, se grabaron en una placa colocada en el pedestal en 1903 y se convirtieron en la voz más conocida del monumento.
Por qué sigue importando 140 años después
En 1924 la estatua fue declarada monumento nacional, en 1984 la UNESCO la inscribió en su lista de Patrimonio Mundial y en 1986, tras una gran restauración, se celebró su centenario con una nueva antorcha recubierta de oro. Hoy recibe alrededor de 3,8 millones de visitantes al año, según el Servicio de Parques Nacionales. En cada debate sobre migración, vuelve a aparecer como símbolo de bienvenida o como recordatorio de una promesa incumplida. A 140 años de su inauguración, sigue en pie con la antorcha en alto.