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Hace 97 años fue el Martes Negro: el día que Wall Street se desplomó y el mundo entró en la Gran Depresión
El 29 de octubre de 1929 se negociaron 16,4 millones de acciones en Nueva York y el Dow Jones perdió otro 11,73 %: en dos días se esfumó casi una cuarta parte del valor del mercado.
El martes 29 de octubre de 1929, la Bolsa de Nueva York vivió la jornada más desastrosa de su historia hasta entonces. Se negociaron 16,4 millones de acciones en un solo día, una cifra récord que tardaría décadas en superarse, y el índice Dow Jones cayó 11,73 %. Sumada a la pérdida del día anterior, la bolsa había dejado atrás casi una cuarta parte de su valor en 48 horas. Afuera, en la esquina de Wall Street y Broad Street, una multitud silenciosa se agolpaba frente al edificio de la Bolsa sin saber todavía que aquel desplome marcaba el comienzo de la Gran Depresión.
La caída no llegó de la nada. Los años veinte habían sido una década de euforia: la producción industrial crecía, el crédito era fácil y millones de estadounidenses comunes compraban acciones con dinero prestado, en operaciones a margen que permitían apostar con solo una fracción del precio. El Dow Jones se multiplicó por diez en nueve años y tocó su techo el 3 de septiembre de 1929, en 381,17 puntos. Días antes del desplome, el economista Irving Fisher había asegurado que los precios de las acciones habían alcanzado «una meseta alta y permanente». Pero la economía real ya daba señales de fatiga: el campo producía más de lo que podía vender, las fábricas acumulaban inventarios y los salarios no alcanzaban para sostener el consumo.
El primer golpe llegó el jueves 24 de octubre, el Jueves Negro. El mercado perdió 11 % de su valor en la apertura y en los primeros tres minutos cambiaron de manos casi tres millones de acciones. El volumen era tan descomunal que la cinta que transmitía los precios a las oficinas de corretaje de todo el país corría con horas de retraso: los inversionistas vendían sin saber a cuánto cotizaban sus títulos. Al mediodía, los grandes banqueros de Nueva York —entre ellos Thomas Lamont, de la banca Morgan, y Charles Mitchell, del National City Bank— reunieron un fondo común para comprar acciones por encima del precio de mercado, como se había hecho en el pánico de 1907. Richard Whitney, vicepresidente de la Bolsa, ejecutó la maniobra en el parquet comprando 25.000 acciones de U.S. Steel a 205 dólares. El gesto contuvo la sangría y el día cerró con una caída de apenas 2,09 %.
Fue un respiro breve. El lunes 28, ante las llamadas de margen que obligaban a vender para cubrir los préstamos, el Dow Jones se desplomó 12,82 %, su peor jornada hasta la fecha. Y el martes 29 el pánico alcanzó su cima: todo el mundo quería vender y había acciones que no encontraban comprador a ningún precio. Solo ese día se evaporaron unos 14.000 millones de dólares en valor bursátil; en pocas semanas las pérdidas rondaban los 30.000 millones. La cinta de cotizaciones no dejó de correr hasta las 7:45 de la noche, mucho después del cierre, mientras el país entero seguía el desastre por radio y por las ediciones extra de los periódicos.
El mercado tocó un primer fondo el 13 de noviembre y luego siguió cayendo, con interrupciones, hasta el 8 de julio de 1932, cuando el Dow Jones cerró en 41,22 puntos: había perdido 89 % de su valor máximo. Los historiadores aún debaten cuánto del desastre posterior fue culpa directa del crack, pero sus consecuencias políticas fueron inmediatas y duraderas. La confianza en el sistema bancario se erosionó, miles de bancos quebraron en los años siguientes y el desempleo llegó a rondar una cuarta parte de la fuerza laboral estadounidense en 1933.
Del Martes Negro también salió la arquitectura financiera moderna: el Congreso aprobó en 1933 la Ley Bancaria que separó la banca comercial de la de inversión, y en 1934 creó la Comisión de Bolsa y Valores para vigilar los mercados y prohibir las prácticas especulativas que habían alimentado la burbuja. Noventa y siete años después, la foto de aquella multitud frente a la Bolsa sigue siendo el retrato del momento en que la fiesta de los años veinte terminó de golpe.