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Hace 85 años se terminó el Monte Rushmore: cuatro presidentes tallados en granito en Dakota del Sur
El 31 de octubre de 1941 concluyó, tras 14 años de trabajo con dinamita y martillos neumáticos, el monumento que inmortalizó en la montaña a Washington, Jefferson, Lincoln y Theodore Roosevelt.
El 31 de octubre de 1941, en las Colinas Negras de Dakota del Sur, se dio por terminado uno de los monumentos más reconocibles del mundo: el Monte Rushmore. Tras 14 años de trabajo, cuatro rostros de 18 metros de altura quedaron tallados en el granito: George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln. Lo que empezó como una idea para atraer turistas a una región remota terminó convertido en un símbolo nacional que hoy visitan más de dos millones de personas al año.
La idea de un historiador para atraer turistas
El proyecto nació de Doane Robinson, historiador de Dakota del Sur, que en 1923 propuso esculpir figuras del oeste estadounidense en las formaciones de granito de la región para atraer visitantes. En 1924 contactó al escultor Gutzon Borglum, que entonces trabajaba en un monumento similar en Georgia. Borglum cambió el plan: en lugar de héroes regionales, propuso cuatro presidentes que representaran a todo el país, una decisión que le daría al monumento alcance nacional.
Dinamita, precisión y casi 400 trabajadores
Las obras comenzaron el 4 de octubre de 1927. El equipo, de casi 400 trabajadores, retiró unas 450.000 toneladas de granito, en su mayor parte con dinamita, y luego afinó los rostros con martillos neumáticos. Para trasladar el modelo a la montaña usaron un sistema de puntos de referencia que permitía medir cada rasgo con precisión. Los rostros se completaron por fases: Washington en 1934, Jefferson en 1936, Lincoln en 1937 y Roosevelt en 1939. El proyecto original era mucho más ambicioso: las figuras debían llegar hasta la cintura y una sala interior guardaría documentos fundacionales. La falta de fondos lo impidió, y en 1941, con Estados Unidos a punto de entrar en la Segunda Guerra Mundial, el Congreso retiró la financiación.
Por qué estos cuatro presidentes
Borglum eligió a los cuatro presidentes para representar los primeros 150 años de historia del país. Washington simbolizaba el nacimiento de la nación, Jefferson su expansión con la compra de Luisiana, Lincoln la preservación de la Unión durante la Guerra Civil y Theodore Roosevelt el desarrollo moderno, con el canal de Panamá y la conservación de tierras públicas. Cada rostro mide unos 18 metros de la barbilla a la frente, y el conjunto recibió el nombre de Santuario de la Democracia. El costo total rondó el millón de dólares, una cifra modesta para una obra de esa escala.
Un final sin su creador
Gutzon Borglum no llegó a ver la obra terminada: murió en marzo de 1941, siete meses antes de la dedicación final. Su hijo Lincoln Borglum asumió la dirección y supervisó los últimos trabajos hasta el 31 de octubre de ese año. No hubo víctimas mortales durante la construcción, un dato notable para una obra en la que se trabajaba colgado de la pared de granito con explosivos. El monumento quedó oficialmente dedicado ese día, aunque el ambicioso plan original nunca se completó.
La polémica que no se borra
El Monte Rushmore también tiene una historia incómoda que sus visitantes conocen cada vez mejor. La montaña era conocida por los lakota como los Seis Abuelos y era un lugar sagrado, dentro de un territorio que el Tratado de Fort Laramie de 1868 les había reconocido. Tras el descubrimiento de oro, Estados Unidos se apoderó de las Colinas Negras. Las críticas de las comunidades indígenas, que consideran la obra una profanación del paisaje, acompañan al monumento desde su origen. A pocos kilómetros, el Memorial de Caballo Loco, en construcción desde 1948, busca responder con un homenaje monumental a un líder indígena.
Ochenta y cinco años después
Hoy el Monte Rushmore es uno de los destinos más visitados de Estados Unidos, con su museo, su avenida de banderas estatales y su ceremonia nocturna de iluminación. Ochenta y cinco años después de su terminación, la obra sigue provocando la misma mezcla de admiración y debate que la acompañó desde el primer barreno. Es, a la vez, una proeza de ingeniería, un resumen en piedra de la historia estadounidense y un recordatorio de a quiénes se dejó fuera de ese relato.