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Hace 514 años se inauguró la bóveda de la Capilla Sixtina: el techo que Miguel Ángel pintó en cuatro años.
El 1 de noviembre de 1512, Julio II celebró la misa que dejó a la vista el techo pintado por Miguel Ángel entre 1508 y 1512: nueve escenas del Génesis que cambiaron el arte.
El 1 de noviembre de 1512, día de Todos los Santos, el papa Julio II celebró una misa solemne en la Capilla Sixtina y dejó a la vista, por primera vez, la bóveda que Miguel Ángel acababa de pintar. Habían pasado cuatro años desde que el artista, que entonces tenía 33 años y se consideraba ante todo escultor, aceptó un encargo que no quería: decorar el techo de la capilla privada del papa en el Vaticano. El resultado, pintado al fresco entre 1508 y 1512, se convirtió en una de las obras más famosas de la historia del arte.
Un encargo incómodo
La capilla debía su nombre a Sixto IV, que la había reconstruido entre 1477 y 1480 y la consagró en 1483. Sus paredes ya estaban decoradas por pintores como Botticelli, Perugino y Ghirlandaio, y la bóveda lucía un cielo estrellado. Julio II, sobrino de Sixto IV, quiso algo mayor y llamó a Miguel Ángel, que trabajaba entonces en su tumba. El artista intentó rechazar el encargo y propuso a Rafael, pero el papa insistió. Miguel Ángel diseñó su propio andamio, que no tocaba las paredes, y trabajó de pie sobre tablones, no tumbado boca arriba como cuenta la leyenda.
Nueve escenas del Génesis
En el centro de la bóveda, Miguel Ángel pintó nueve recuadros con historias del Génesis: desde la creación de la luz y del mundo hasta la embriaguez de Noé. La escena más conocida es la creación de Adán, con los dedos de Dios y del primer hombre a punto de tocarse. A los lados colocó siete profetas y cinco sibilas, figuras monumentales sentadas en tronos, y en las esquinas cuatro escenas de salvación del pueblo de Israel. Todo el conjunto está envuelto en una arquitectura pintada que finge mármol y bronce y que ordena cientos de figuras.
Un trabajo en dos tiempos
El trabajo se interrumpió casi un año, entre septiembre de 1510 y agosto de 1511, mientras el papa estaba en campaña militar y faltaba dinero. Cuando Miguel Ángel retomó la pintura, su estilo cambió: las figuras de la segunda mitad son más grandes y directas, pensadas para verse desde el suelo, a casi veinte metros de altura. En octubre de 1512 la bóveda estaba terminada. El propio artista dejó constancia de su agotamiento en cartas y poemas, y durante años se quejó del esfuerzo físico que le costó el techo.
Lo que vino después
Veinte años más tarde, Miguel Ángel volvió a la misma capilla para pintar el Juicio Final en la pared del altar, entre 1536 y 1541, por encargo de Clemente VII y Pablo III. Entre 1980 y 1994, la bóveda y el resto de los frescos pasaron por una restauración que devolvió a las pinturas colores mucho más vivos y que generó una larga polémica entre especialistas. Hoy la Capilla Sixtina sigue siendo el lugar donde se reúne el cónclave que elige al papa, y recibe cada año a millones de visitantes que entran, sobre todo, para mirar hacia arriba.